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Las estimaciones recientes sugieren que, en las próximas tres décadas, la población mundial de 65 años o más se duplicará con creces, alcanzando los 1.500 millones de personas. La evidencia acumulada indica que el microbioma intestinal cambia con la edad, y que la disminución de su diversidad se asocia con la fragilidad en etapas avanzadas de la vida. Sin embargo, todavía se sabe poco sobre por qué algunas personas alcanzan una longevidad extrema.
En un estudio reciente, un equipo internacional de científicos liderado por el grupo de Epigenética del Cáncer del Instituto de Investigación Josep Carreras contra la Leucemia, en Barcelona, identificó claves para vivir más y mejor en Maria Branyas Morera, quien fue la persona más longeva del mundo antes de fallecer el año pasado a los 117 años.
Branyas nació en San Francisco en 1907, se trasladó a Cataluña en 1915 y se recuperó de la pandemia de COVID a los 113 años. Un año antes de su fallecimiento, vivía en la pequeña localidad de Olot, en la región catalana de España, e invitó a los investigadores a realizar un estudio en profundidad de su genética, metabolismo y microbioma intestinal para comprender por qué se mantuvo saludable a medida que envejecía.
Los científicos llevaron a cabo el análisis más exhaustivo realizado hasta la fecha, recogiendo muestras de saliva, sangre, orina y heces mediante un enfoque multiómico. Esta tecnología avanzada permite explorar en detalle las células y moléculas de una persona. Posteriormente, compararon los genes, los perfiles sanguíneos y el microbioma intestinal de Branyas con los de otras mujeres que vivían en la misma región, lo que permitió distinguir los cambios debidos al envejecimiento, de aquellos relacionados con un mal estado de salud.
Los investigadores observaron que, aunque su cuerpo mostraba signos de envejecimiento, diversos factores biológicos la protegían de las enfermedades que suelen afectar a las personas mayores. Identificaron que las cubiertas protectoras de los extremos de sus cromosomas (llamadas telómeros) eran excepcionalmente cortas, lo que podría haberla protegido frente al cáncer al limitar el número de veces que las células podían dividirse.
Además, el análisis de su ADN reveló variantes genéticas que la protegían frente a enfermedades cardiovasculares y demencia. Branyas también presentaba niveles elevados de colesterol “bueno” y niveles bajos de colesterol “malo” e inflamación corporal, lo que podría haber reducido su riesgo de enfermedades crónicas, como diabetes, obesidad e infarto. Al analizar los genes que se activaban y desactivaban, los investigadores hallaron que Branyas tenía una edad biológica inferior a su edad cronológica.
Los investigadores plantearon que la baja inflamación de Branyas podría explicarse por un microbioma intestinal más joven. Presentaba niveles inusualmente altos de Bifidobacterium, una bacteria beneficiosa para la salud que disminuye con la edad, ayuda a combatir la inflamación, protege la barrera intestinal y descompone la fibra dietética para producir ácidos grasos de cadena corta. Estos efectos contribuyen a mantener la salud inmunitaria y metabólica, y a reducir el pH intestinal, manteniendo a raya a los patógenos. El hecho de que consumiera tres yogures al día durante las dos últimas décadas de su vida podría ayudar a explicar sus elevados niveles de Bifidobacterium. Esto podría contribuir a una vida más larga y saludable, según señalan los investigadores.
Aunque sus padres le proporcionaron una buena base genética, Branyas también adoptó hábitos saludables que podrían explicar su longevidad. No tenía sobrepeso, seguía una dieta mediterránea rica en alimentos de origen vegetal y en nutrientes adecuados (fibras prebióticas y polifenoles) para nutrir a los microorganismos intestinales, no fumaba ni bebía alcohol, hacía ejercicio con regularidad, leía libros y mantenía una vida social activa con amigos y familiares.
Los científicos han llegado a comprender cómo el microbioma intestinal interactúa con el cerebro, el sistema inmunitario, el sistema cardiovascular y el aparato digestivo para atenuar los cambios asociados al envejecimiento y favorecer una longevidad excepcional. Por ejemplo, estudios previos mostraron que los semisupercentenarios (es decir, personas que alcanzan entre 105 y 109 años) presentan un enriquecimiento de bacterias intestinales asociadas a la salud, como Akkermansia, Bifidobacterium y Christensenellaceae, que podrían estar implicadas en el envejecimiento extremo.
En conjunto, estos hallazgos demuestran que envejecer no significa necesariamente estar enfermo. Aunque no podemos elegir a nuestros padres y no existe un único ingrediente para alcanzar una longevidad excepcional, este estudio revela muchas acciones que podemos llevar a cabo para envejecer mejor, situando el estilo de vida y la alimentación en el centro de la fuente de la juventud. Si bien las conclusiones se basan en un solo caso —dado que las personas que superan los 110 años son poco frecuentes—, estos resultados aportan información valiosa sobre los factores genéticos y de estilo de vida asociados a una vida larga.
Referencias:
Santos-Pujol E, Noguera-Castells A, Casado-Pelaez M, et al. The multiomics blueprint of the individual with the most extreme lifespan. Cell Rep Med. 2025; 6(10):102368. doi: 10.1016/j.xcrm.2025.102368.
Kadyan S, Park G, Singh TP, et al. Microbiome-based therapeutics towards healthier aging and longevity. Genome Med. 2025; 17(1):75. doi: 10.1186/s13073-025-01493-x.