Gut Microbiota for Health se hace eco de la publicación de las Guías Alimentarias para los estadounidenses para el periodo 2025-2030. Muchas recomendaciones se ajustan a lo que dice la ciencia de la nutrición desde hace mucho tiempo, como la mayor atención que se le presta a la fibra y a la salud del microbioma. Sin embargo, varios grupos destacados de nutricionistas, como la Harvard T.H. Chan School of Public Health y Stanford Medicine, ponen de relieve que las nuevas directrices se desvían considerablemente de las recomendaciones basadas en evidencias dadas por el Comité Asesor sobre las Guías Alimentarias, lo cual puede dificultar su puesta en marcha por parte del personal médico y los responsables políticos en materia de nutrición. A fin de cuentas, esto puede llevar a la toma de decisiones por parte del público en general y de los pacientes vulnerables ante la influencia de la política y de la industria alimentaria.1, 2

Las nuevas guías que se ofrecen carecen de matices y claridad sobre los tipos y cantidades de grasas y proteínas, por lo que resulta difícil consumir suficiente fibra y, en definitiva, no se favorece al microbioma intestinal.

Fuente: USDA.

 

Las dietas ricas en grasas saturadas propician la formación de ácidos biliares derivados del microbioma e implicados en el cáncer colorrectal

La imagen de la pirámide invertida de la alimentación que acompaña a las nuevas guías sitúa a la proteína animal y las fuentes de grasas saturadas en la posición superior izquierda, con lo que se interpreta que son básicas en la dieta y deberíamos darles prioridad y consumirlas con más frecuencia. Aunque las carnes rojas y el queso reciben una particular atención, esto no está respaldado por la evidencia científica actual, que recomienda dar prioridad a alimentos integrales y patrones dietéticos predominantemente vegetales con el fin de mejorar la salud cardiovascular y metabólica al influir de manera favorable en la composición y la función del microbioma intestinal.3, 4

En las nuevas guías, se recomienda limitar los alimentos altamente procesados, los azúcares añadidos y las grasas saturadas. No obstante, la pirámide de la alimentación parece ser permisiva con alimentos ricos en grasas saturadas, como la mantequilla, el sebo bovino, las carnes rojas y los lácteos enteros, lo cual no es coherente con la recomendación de limitar las grasas saturadas al 10 % del total de calorías. Mientras los lácteos enteros se promocionan intensamente sin tener en cuenta a las personas intolerantes a la lactosa o que no consumen tantos lácteos por preferencia, destaca la ausencia de alimentos de origen vegetal y pescados grasos en la enumeración de «grasas saludables», a pesar de que tienen efectos positivos en el microbioma intestinal.

Cuando se trata del microbioma intestinal, las dietas basadas principalmente en productos de origen animal pueden aumentar los ácidos biliares, potenciar microorganismos tolerantes a la bilis (Alistipes, Bilophila y Bacteroides), y reducir los microorganismos que descomponen la fibra dietética procedente de verduras, frutas y legumbres (Roseburia, Eubacterium rectale y Ruminococcus bromii). En el colon, la conversión microbiana de los ácidos biliares primarios en secundarios (por ejemplo, el ácido desoxicólico o el ácido litocólico) está ampliamente implicado en el desarrollo de cáncer colorrectal, según se desprende de la evidencia causal hallada en modelos con cerdos y ratones.5

 

Se pone demasiado énfasis en las fuentes de proteína de origen animal, en detrimento de las de origen vegetal

Otro aspecto en que las nuevas directrices se alejan de la ciencia es en dar prioridad a alimentos de origen animal frente a los basados en vegetales, a pesar de que el 85 % de la población estadounidense consume más que la ingesta diaria recomendada de 0,8 g/kg/día.6 Asimismo, no existe ningún beneficio por consumir más de 1,6 g de proteína por kilogramo de peso corporal al día, lo cual es el doble del consumo dietético recomendado, a la hora de ganar masa muscular y fuerza.7 De hecho, una ingesta elevada de proteína puede acelerar la ateroesclerosis y aumentar el riesgo cardiovascular;8 además, está relacionada con un aumento en la producción de propionato de imidazol por parte de las bacterias intestinales, lo cual favorece la acumulación de placa en las arterias.

El especial hincapié puesto en la ingesta de proteínas, en particular de carnes rojas, puede llevar fácilmente a que se superen los límites recomendados para las grasas saturadas y el sodio. Si la proteína desplaza a los carbohidratos fermentables en la dieta, habrá más aminoácidos que alcancen el intestino grueso. Por consiguiente, el metabolismo microbiano puede pasar a utilizar proteínas como su principal combustible, lo cual aumentará la formación de metabolitos como amoníaco, fenoles y ácido sulfhídrico, que afectan negativamente a la integridad de la barrera intestinal y favorecen la inflamación intestinal, aumentando así el riesgo de padecer cáncer colorrectal.9

En general, el mensaje de «más proteína es mejor» es preocupante, sobre todo con una ingesta de fibra baja como la de las sociedades occidentalizadas. A pesar de la importancia que tiene el equilibrio entre la ingesta de proteína y fibra para mejorar la salud metabólica y del intestino,10 las recomendaciones de consumo de proteína recogidas en las nuevas guías ignoran el papel que desempeña el origen de las proteínas y desplazan los carbohidratos fermentables de las dietas a favor de la proteína animal.

 

Se resta importancia a la fibra a favor de las proteínas y las grasas

Las nuevas guías atenúan la postura sobre las dietas basadas en vegetales. A pesar de la clara evidencia de que este tipo de dietas previene enfermedades crónicas como la diabetes y el cáncer, las nuevas guías suavizan el lenguaje y eliminan los detalles específicos necesarios para que se implementen acciones de salud pública eficaces. Como consecuencia, se resta importancia a la fibra a favor de las proteínas y las grasas. Con el reconocimiento de la fibra dietética como nutriente esencial para el ser humano, como determinados aminoácidos y vitaminas, se favorecería el aumento de la ingesta de fibra, un enfoque simple y eficaz a la hora de reducir enfermedades crónicas, como se afirma en un comentario reciente en Nature Food.11

Aunque las guías recién publicadas reconocen el lugar de la fibra y los alimentos fermentados, y recomiendan alimentos integrales, el énfasis visual y textual que se pone sobre la proteína y las grasas dificulta el aumento de la ingesta de fibra. En lo que respecta al microbioma intestinal, la fermentación de la fibra conduce a la producción de ácidos grasos de cadena corta, que aportan beneficios metabólicos e inmunológicos.12 Asimismo, la reducción del pH intestinal debido a la elevada fermentación de carbohidratos fermentables puede suprimir la formación de ácidos biliares secundarios y evitar que el metabolismo de los microbios intestinales genere metabolitos como los ácidos grasos de cadena ramificada y el N-óxido de trimetilamina, asociados a efectos perjudiciales sobre la salud intestinal y metabólica.13

En suma, aunque es positivo que las nuevas guías alimentarias reconozcan el papel del microbioma intestinal, resulta desafortunado que pongan demasiado énfasis en patrones dietéticos ricos en proteínas y grasas que favorecen un microbioma intestinal asociado al cáncer colorrectal. Las nuevas guías resultan confusas y suponen un retroceso en las políticas de salud pública basadas en evidencias, lo cual socava la confianza de las personas y, posiblemente, causará daños evitables a la salud pública,14 como se pone de manifiesto en un artículo de Marion Nestle, catedrática emérita de Nutrición, estudio de los alimentos y salud pública en la New York University, titulado Politics trump science in new US dietary guidelines («La política supera a la ciencia en las nuevas guías alimentarias estadounidenses»).

 

 

Referencias:

  1. Dietary Guidelines Advisory Committee. Scientific Report of the 2025 Dietary Guidelines Advisory Committee. Accessed February 2, 2026. https://www.dietaryguidelines.gov/2025-advisory-committee-report
  2. Williams Sr KA, Dastmalchi LN, Barnard ND. When nutrition science is ignored: potential public health cost of the 2025 dietary guidelines. JAMA. 2026. doi: 10.1001/jama.2026.0832.
  3. Shi W, Huang X, Schooling CM, et al. Red meat consumption, cardiovascular diseases, and diabetes: a systematic review and meta-analysis. Eur Heart J. 2023; 44(28):2626-2635. doi: 10.1093/eurheartj/ehad336.
  4. Gu X, Bui LP, Wang F, et al. Global adherence to a healthy and sustainable diet and potential reduction in premature death. PNAS. 2024; 121(50):e2319008121.
  5. Osswald A, Wortmann E, Wylensek D, et al. Secondary bile acid production by gut bacteria promotes Western diet-associated colorectal cancer. Gut. 2025. doi: 10.1136/gutjnl-2024-332243.
  6. National Academy of Medicine. 2005. Dietary reference intakes for energy, carbohydrate, fiber, fat, fatty acids, cholesterol, protein, and amino acids. Washington, DC: The National Academies Press.
  7. Morton RW, Murphy KT, McKellar SR, et al. A systematic review, meta-analysis and meta-regression of the effect of protein supplementation on resistance training-induced gains in muscle mass and strength in healthy adults. Br J Sports Med. 2018; 52(6):376-384. doi: 10.1136/bjsports-2017-097608.
  8. Zhang X, Kapoor D, Jeong SJ, et al. Identification of a leucine-mediated threshold effect governing macrophage mTOR signalling and cardiovascular risk. Nat Metab. 2024; 6(2):359-377. doi: 10.1038/s42255-024-00984-2.
  9. Davis RH, Bryant RV, Gibson PR, et al. The fate of dietary protein in the gastrointestinal tract and implications for colonic disease. Nat Rev Gastroenterol Hepatol. 2026. doi: 10.1038/s41575-026-01173-0.
  10. Jardon KM, Canfora EE, Goossens GH, et al. Dietary macronutrients and the gut microbiome: a precision nutrition approach to improve cardiometabolic health. Gut. 2022; 71(6):1214-1226. doi: 10.1136/gutjnl-2020-323715.
  11. Reynolds AN, Cummings J, Tannock G, et al. Dietary fibre as an essential nutrient. Nat Food. 2026; 7(1):4-5. doi: 10.1038/s43016-025-01282-0.
  12. Armet AM, Deehan EC, O’Sullivan AF, et al. Rethinking healthy eating in light of the gut microbiome. Cell Host Microbe. 2022; 30(6):764-785. doi: 10.1016/j.chom.2022.04.016.
  13. Brinck JE, Sinha AK, Laursen MF, et al. Intestinal pH: a major driver of human gut microbiota composition and metabolism. Nat Rev Gastroenterol Hepatol. 2025; 22(9):639-656. doi: 10.1038/s41575-025-01092-6.
  14. Nestle M. Politics trump science in new US dietary guidelines. BMJ. 2026; 392:s143. doi: 10.1136/bmj.s143.