Los indicios del vínculo entre enfermedad de Parkinson e intestino, cada vez más numerosos

Kristina Campbell con la colaboración de Cristina Sáez

 

Imagínese cepillarse los dientes con manoplas: así es como describe una señora de 70 años su día a día con la enfermedad de Parkinson (EP). Más de 10 millones de personas en el mundo padecen esta enfermedad progresiva neurológica caracterizada por temblores, rigidez muscular y lentitud de movimientos. Debido a los cambios en la función motora, la enfermedad de Parkinson (EP) dificulta cada gesto cotidiano, desde la higiene personal hasta el envío de un mensaje de texto.

El Parkinson es sin duda una enfermedad del cerebro que, tal y como saben los científicos, implica la muerte de neuronas específicas que producen un mensajero químico denominado dopamina. Pero curiosamente, cada vez más investigaciones vinculan la enfermedad con lo que sucede en el tracto digestivo incluida la microbiota intestinal.

El neurólogo Filip Scheperjans, del hospital universitario de Helsinki (Finlandia), uno de los investigadores pioneros en el ámbito de la EP y la microbiota intestinal, ha declarado a GMFH que existen numerosas razones para pensar que la EP podría estar relacionada de alguna manera con el intestino.

«Los pacientes padecen un amplio espectro de síntomas gastrointestinales», explica Scheperjans quien, junto con un grupo de médicos, ha demostrado que la EP y los problemas gastrointestinales van de la mano:  el estreñimiento, por ejemplo, aparece a menudo años antes que los síntomas motores.

Pero no solo eso, continúa Scheperjans, «en el tracto gastrointestinal de los pacientes de EP se han observado alteraciones neuropatológicas similares a las de su cerebro». La proteína mal plegada —la alfa-sinucleína— que se encuentra en el cerebro de aquellos con EP también ha sido identificada en los intestinos de los pacientes (más concretamente en el sistema nervioso entérico del intestino) incluso antes de que la neurodegeneración haya avanzado lo suficiente para afectar al movimiento. Lo cual ha llevado a los científicos a deducir que la proteína podía estar implicada de alguna forma en la causa de la enfermedad.

Las investigaciones del equipo de Scheperjans sacaron a la luz alteraciones en la microbiota intestinal vinculadas al sistema motor en los pacientes de la EP: en efecto, cuando el número de enterobacterias aumentaba, también lo hacía la gravedad de la inestabilidad postural y la dificultad para andar. Asimismo, otros estudios han descubierto cambios asociados a la EP en la microbiota intestinal, pero las especies que «marcan» la EP varían en función de los estudios.

Scheperjans, tras observar los cambios en la producción de saliva y el sentido del olfato mermado en los pacientes de EP, decidió asimismo estudiar la microbiota de la boca y de la nariz de estos individuos.

«Queríamos averiguar si la microbiota también sufría alteraciones en la cavidad nasal y la bucal en estos pacientes de EP y si podría resultar útil como biomarcador» explica.

El equipo de científicos detectó diferencias significativas en el microbioma oral—pero no en el nasal— de los pacientes de EP respecto a personas sanas. El grupo de bacterias que habían aumentado en los individuos con EP incluía potenciales patógenos oportunistas.

«Descubrimos que el género Prevotella había aumentado en la boca de los sujetos que padecían EP, donde se consideran agentes patógenos potenciales, vinculados a las enfermedades periodontales», explica Scheperjans. «Ese mismo género había disminuido en el intestino de los pacientes con EP». El científico aclara que no se trata obligatoriamente de una contradicción, ya que las mismas bacterias podrían desempeñar un papel diferente en la boca que en el intestino (desprovisto de oxígeno). Además, diferentes sub-grupos de Prevotella pueden tener funciones y efectos fisiológicos completamente distintos a pesar de pertenecer al mismo género.

Otra línea de investigación sobre intestino y EP se ha centrado en el nervio vago, el nervio craneal que une el abdomen con el bulbo raquídeo, responsable del control de los procesos inconscientes del organismo como la motilidad intestinal, la digestión y la frecuencia cardíaca. Algunos piensan que la proteína alfa-sinucleína llega al bulbo raquídeo a través de este nervio.

Un equipo de investigadores del Instituto Karolinska de Estocolmo (Suecia) ha recorrido recientemente los registros nacionales en busca de personas que se hubieran sometido a una vagotomía cirugía en la que se secciona el tronco principal o algunas ramas del nervio vago. La vagotomía es una operación anticuada, que solía realizarse antes de los años 80 para bloquear la secreción de ácido en pacientes con úlceras gástricas o duodenales recurrentes. Al analizar los datos de más de cuarenta años, los investigadores descubrieron que solo el 1% de las personas habiéndose sometido a una vagotomía habían desarrollado la EP, frente al 1,28% en los otros individuos; y esta diferencia se ampliaba si solo se tenían en cuenta las vagotomías troncales (un tipo de vagotomía que implica la sección del tronco central del nervio vago). La diferencia entre los grupos no era significativa probablemente por la complejidad de las interacciones pero los datos no descartaban una conexión EP-intestino.

¿Cómo podrían encajar todas estas piezas? Según Scheperjans, aún no tenemos la respuesta, pero ya está emergiendo una primera teoría. «Existe la hipótesis de que la microbiota intestinal estaría relacionada con la inflamación del colon y la neuropatología en las etapas tempranas de la EP», recalca. Una reseña publicada recientemente describía este fenómeno como si algo en el entorno desencadenara una respuesta inmunitaria en el intestino que afecta a la microbiota intestinal y conduce a las anomalías observadas en la alfa-sinucleína. A su vez, esta proteína anómala podría agravar la inflamación y viajar del intestino al cerebro a través del nervio vago. Simultáneamente, la inflamación prolongada en el intestino podría fomentar una inflamación sistémica —que implicaría o no una microbiota oral anómala —que podría conducir finalmente a la neurodegeneración de la EP.

Para aclarar lo que realmente causa este complejo trastorno multi-sistema aún serán necesarios muchos años de investigación. Pero se puede afirmar sin miedo a equivocarse que el intestino desempeña un papel en la EP del que la microbiota intestinal suministrará sin duda una nutrida información a los investigadores.

 

Referencias:

Houser & Tansey. The gut-brain axis: is intestinal inflammation a silent driver of Parkinson’s disease pathogenesis? npj Parkinson’s Disease. 2017; 3.

Liu B, Fang F, Pedersen NL, et al. Vagotomy and Parkinson disease: A Swedish register–based matched-cohort study. Neurology. 2017; 88 (21): 1996-2002.  DOI: 10.1212/WNL.0000000000003961

Pereira PAB, Velma TEA, Paulin L, Pekkonen E, Auvinen P, Scheperjans F. Oral and nasal microbiota in Parkinson’s disease. Parkinsonism and Related Disorders. 2017; 38: 61-67.

Kristina Campbell
Kristina Campbell
La escritora científica Kristina Campbell (M.Sc), residente en la Columbia Británica, en Canadá, es especializada en comunicación sobre microbiota intestinal, salud digestiva y nutrición. Autora del existoso libro Well-Fed Microbiome Cookbook, ha publicado sus artículos como freelance en revistas del mundo entero. Kristina se unió al equipo de edición de Gut Microbiota for Health en 2014. Pueden seguir a Kristina en: GoogleTwitter