¿Existe algún vínculo entre la microbiota intestinal y la enfermedad de Parkinson?

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Todo empezó con un dedo meñique que se movía solo. Él no le prestó atención. Sin embargo, con el paso del tiempo, el temblor no cesaba.  Y así fue como Michael J Fox, el protagonista de la saga de Regreso al Futuro decidió acudir al médico, quien, lamentablemente, acabó por diagnosticarle Parkinson en 1991. Por aquel entonces, el actor tenía tan solo treinta años. Y como él,  6,3 millones de personas padecen esta enfermedad en el mundo, según los datos presentados por la Asociación europea de la enfermedad de Parkinson (European Parkinson’s Disease Association – EPDA). Generalmente, la enfermedad aparece a partir de los 60 años, pero se calcula que el 10 % de los pacientes ya han sido diagnosticados antes de los 50, tal y como sucedió con el actor.

El Parkinson (EP) es una enfermedad neurodegenerativa progresiva que conduce a la pérdida gradual de las células responsables de la producción de dopamina, una sustancia química que actúa como neurotransmisor, esencial para la coordinación de los movimientos. Esto implica que con el tiempo los pacientes se vuelvan incapaces de andar, hablar o incluso valerse por sí mismos.  A fecha de hoy, los investigadores continúan sin conocer su causa exacta ni su posible cura. Sin embargo, un nuevo estudio de la Universidad de Helsinki y el Hospital Universitario Central de Helsinki (HUCH) parece arrojar cierta luz sobre esta cuestión.

Los expertos finlandeses liderados por Filip Scheperjans, del departamento de neurología del Hospital universitario de Helsinki, han sido los primeros en mostrar que existen diferencias entre la microbiota intestinal de los pacientes de la EP y la de sujetos sanos y que dichas diferencias podrían estar relacionadas tanto con la gravedad de los síntomas como con el fenotipo clínico de la enfermedad. Este nuevo estudio se enmarca en una cadena de estudios anteriores que sugerían que la EP tenía un origen gastrointestinal.

Durante un estudio realizado con un grupo de control de 72  sujetos, y otro compuesto por el mismo número de pacientes de Parkinson, Scheperjans y su equipo constataron que la microbiota intestinal de estos últimos difería de la de sus homólogos sanos. Asimismo, los investigadores detectaron una correlación directa entre la cantidad de microbios del género Enterobactericeae en el intestino de los pacientes y el grado de gravedad en los problemas de equilibrio y de movilidad. Cuantos más Enterobacteriaceae, más graves eran los síntomas. En un artículo publicado en www.gutmicrobiotaforhealth.com, el Doctor Scheperjans explicaba que “la abundancia de Enterobacteriaceae estaba relacionada con un elevado grado de inestabilidad postural y de dificultad en la marcha. Existe por consiguiente una conexión entre la microbiota intestinal y los síntomas motores de nuestros pacientes. Nuestro estudio es pionero en mostrar las alteraciones de la composición de la microbiota intestinal en las enfermedades neurodegenerativas.”

Ahora, los científicos están reexaminando a estos mismos pacientes a fin de determinar si las diferencias son permanentes y si las bacterias intestinales están vinculadas con la progresión de la enfermedad y por tanto con su pronóstico. “Tendremos que determinar si los cambios en el ecosistema bacteriano existían antes de la aparición de los síntomas motores. Por supuesto, intentaremos asimismo establecer las bases de esta relación entre la microbiota intestinal y la enfermedad de Parkinson y el tipo de mecanismo que los conecta”, recalcaba Sheperjans.

Este nuevo estudio, financiado por la fundación Michael J Fox para la investigación del Parkinson (Michael J Fox Foundation for Parkinson’s Research) y la Fundación finlandesa del Parkinson, publicado en Movement Disorders, la revista clínica de la Sociedad Internacional de Parkinson y Movimientos Anormales (International Parkinson and Movement Disorder Society), se suma a otras investigaciones recientes que han relacionado los microbios intestinales con numerosas enfermedades como la obesidad, la depresión, la esquizofrenia y el lupus.

Scheperjans y su equipo esperan que los resultados obtenidos puedan ser utilizados para crear una prueba diagnóstica para la enfermedad de Parkinson y quizás abrir así el camino al desarrollo de nuevas estrategias de tratamiento o incluso una mejor prevención, todo ello centrándose en la microbiota.

GMFH Editing Team