La dieta influye en la composición y la función de la microbiota intestinal y, a su vez, estos microorganismos pueden modificar las propiedades que los alimentos tienen de favorecer la salud, lo que permite explicar por qué las personas reaccionan de manera distinta a los mismos alimentos. Aunque un tomate sea un tomate, no beneficia a todos de la misma manera. Entonces, ¿por qué se debería seguir recomendando a todo el mundo?

Esta pregunta es un aspecto clave de la reciente revisión llevada a cabo por Yolanda Sanz, profesora titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos (IATA), y Patrick Veiga, director de investigación en MICALIS Institute y MetaGenoPolis en el INRAE (Instituto Nacional de Investigación sobre Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente de Francia), publicada en Nature Reviews Gastroenterology & Hepatology. En él, ponen de relieve el modo en que la investigación sobre la microbiota prepara el camino para la nutrición de precisión, un avance con respecto a las directrices dietéticas idénticas para todos.

 

En esta revisión, exploran el vínculo existente entre la dieta y el microbioma, una relación bidireccional, y refuerzan el concepto del que se lleva hablando hace ya unos años: no existe una dieta que nos sirva a todos.

SANZ: Lo especial de esta revisión es que ya no solo se habla de las asociaciones [entre el microbioma intestinal y la dieta]. Avanzamos hacia los mecanismos y la causalidad y, de manera considerable, hacia la conversión de la ciencia en herramientas prácticas que mejoren la salud pública.

 

¿Son válidas las directrices dietéticas actuales?

SANZ: Hasta el momento, dichas directrices y recomendaciones de dietas sanas, basadas en la ingesta de alimentos específicos definidos por los organismos nacionales competentes en cada país, no han tenido en cuenta las aportaciones de la investigación sobre el microbioma.

 

En el artículo, ustedes destacan el caso de la fibra y la recomendación universal de que los adultos consuman de 20 a 35 gramos al día.

VEIGA: Las recomendaciones acerca de la fibra todavía se basan en datos sobre deposiciones obtenidos hace décadas. El estándar de 25 gramos al día se definió cuando solo se pensaba en la digestión y los efectos locales sobre el intestino. Hoy en día, se sospecha que podría necesitarse más que la ingesta recomendada para una mejor prevención de las enfermedades crónicas, aunque todavía no disponemos de datos suficientes para confirmarlo, principalmente porque la mayoría de las personas solo consume 20 gramos al día.  Así pues, todavía no es posible establecer cuánta fibra sería óptima para protegernos ante enfermedades no contagiosas —como los trastornos cardiovasculares, la diabetes, las enfermedades respiratorias crónicas y el cáncer— ni la relevancia que tiene el tipo de fibra.

SANZ: La fibra es un término genérico que designa un grupo diverso de sustancias que no se pueden digerir en el intestino delgado. Los distintos tipos de fibra se comportan de manera diferente y los beneficios que las personas obtenemos varían de individuo a individuo. En el caso de quienes padezcan trastornos inflamatorios, como la enfermedad de Crohn, ciertas fibras pueden ser útiles, mientras que otras podrían empeorar los síntomas. Estos matices no se reflejan en las recomendaciones generales actuales destinadas a la población general sana.

 

¿Se aplica lo mismo a los alimentos fermentados?

VEIGA: Se sabe que la exposición a gérmenes y microbios no patógenos estimula el sistema inmunitario, pero todavía no disponemos de datos sobre distintos grupos de personas para confirmar y definir la cantidad de microbios no patógenos —los presentes en los alimentos fermentados, por ejemplo— que se debería consumir al día o cómo esto puede variar entre poblaciones. También se dispone de evidencias que respaldan que el microbioma de los humanos responde de manera distinta a los alimentos fermentados, pues unos los toleran y otros muestran resistencia. Por ese motivo, las recomendaciones no pueden ser idénticas para toda la población y lo realmente necesario es estratificarla en función de factores como el género, la edad, el nivel socioeconómico y la dieta, entre otros. En el artículo, defendemos la nutrición de precisión estratificada, que no se trata de nutrición personalizada.

 

¿En qué se diferencian?

VEIGA: La nutrición personalizada se enfoca en la persona, con lo cual causa un gran impacto y resulta pertinente en el campo médico porque puede salvar vidas, pero no es extensible a poblaciones enteras. La nutrición de precisión, en cambio, crea subgrupos basándose en factores como la composición de la microbiota para que la orientación dietética brindada en el ámbito de la salud pública sea más útil.

 

¿Contamos con conocimientos científicos suficientes para ello?

VEIGA: Hay algunos estudios que, en un futuro próximo, permitirán llenar este vacío. Por ejemplo, con el proyecto Le French Gut que lanzamos en Francia, se recopilarán datos sobre el microbioma y la dieta de 100 000 personas, y se llevará un seguimiento de la salud de la población a lo largo de 20 años con el objetivo de identificar biomarcadores que predigan quiénes obtienen beneficios de qué cosas. Esperamos poder comprender por qué ciertos subgrupos de personas están más protegidos frente a enfermedades que otros y si el microbioma tiene algo que ver en ello. Tenemos por objetivo identificar indicadores o signos medibles que reflejen lo que sucede en el organismo (biomarcadores) y que nos ayuden a distinguir cuáles son los subgrupos que podrían presentar un riesgo, y sacar partido de las recomendaciones de la nutrición de precisión.

SANZ: Asimismo, debemos estudiar más el modo en que la dieta afecta a individuos enfermos en comparación con los sanos. Carecemos de dichos datos y podrían ayudar a orientar la nutrición de personas con enfermedades crónicas.

 

¿Pueden darnos un ejemplo real?

SANZ: Pensemos en los polifenoles, compuestos naturalmente presentes en alimentos de origen vegetal, como las frutas, las verduras, las hierbas aromáticas, las especias, el té y el chocolate negro: se consideran beneficiosos para la salud, pero sus efectos dependen de cómo los transforme la microbiota intestinal. Así pues, dos individuos, aunque estén sanos, pueden reaccionar de manera muy distinta ante el mismo polifenol.

VEIGA: Se está empezando a descubrir el modo en que la microbiota modula los efectos saludables de los componentes dietéticos, para bien o para mal. Ha llegado el momento de que las recomendaciones sobre la dieta reflejen esta complejidad.

 

La hora también es importante. A nuestras bacterias intestinales les gusta la regularidad.

VEIGA: Al igual que los genes, las bacterias intestinales también tienen un reloj biológico. de modo que, si almuerzas diariamente a las doce, tanto tus genes como tu microbiota se preparan para ello. Comer con regularidad sí que es importante.

 

¿Cómo creen que será la consulta médica del futuro?

VEIGA Y SANZ: En el futuro, es posible que el personal médico analice la microbiota de los pacientes del mismo modo que controla el colesterol. Y si, por ejemplo, la microbiota de determinado paciente produce ciertos metabolitos vinculados al riesgo cardiovascular, como el TMAO, podría decirle: «Mire, tiene cierto riesgo de desarrollar trastornos cardiovasculares debido al colesterol, pero, además, presenta metabolitos relacionados con TMA, por lo que debe intentar evitar estos y estos alimentos específicos, empleados por dichas bacterias, con el consiguiente aumento del riesgo». Ese es el objetivo: emplear la microbiota para que las decisiones dietéticas se orienten con mayor precisión.

 

La entrevista se ha editado para acortarla y favorecer la claridad.

Referencia:

Sanz Y, Cryan JF, Deschasaux-Tanguy M, et al. The gut microbiome connects nutrition and human health. Nat Rev Gastroenterol Hepatol. 2025; 22(8):534-555. doi: 10.1038/s41575-025-01077-5.