¿Pueden nuestras bacterias intestinales afectar a nuestro cerebro? Lo que se sabe en la actualidad

Cuando estamos enamorados, sentimos un cosquilleo en el estómago o si estamos muy nerviosos antes de un examen, podemos llegar a sufrir una diarrea. Día tras día, nuestro cerebro y nuestro intestino se comunican sin parar. El intestino envía a nuestro cerebro información sobre lo que comemos, si consumimos los nutrimentos necesarios para gozar de buena salud o si nuestro sistema inmunitario es eficaz contra los patógenos. Se trata de una comunicación de doble sentido mediante una autovía directa —el nervio vago— que conecta cerebro e intestino.

Los científicos llevan más de treinta años investigando este complejo intercambio de mensajes, también conocido como “eje cerebro-intestino”. Kristina Campbell (redactora científica) y el Profesor Paul Enck, del (Hospital Universitario de Tübingen) — dos pilares de gutmicrobiotaforhealth.com — recalcaban recientemente en un nuevo artículo publicado por Science Trends, que “la complejidad de la situación ha aumentado con la entrada en liza de la microbiota intestinal”.

Este artículo de Campbell y Enck dedicado a los denominados “psicobióticos” es el primero de una serie de artículos informativos sobre las principales investigaciones en el ámbito del eje cerebro-intestino y la microbiota intestinal. Explica, de forma clara y con rigor científico, los avances que se han producido en este campo tan fascinante.

En el artículo, Campbell y Enck cuentan cómo se ha vinculado a la microbiota intestinal, una comunidad constituida por billones de microorganismos, a diferentes órganos y funciones, así como al desarrollo del cerebro, al menos en roedores. Inspirados por estos prometedores resultados, algunos científicos han optado por manipular el ecosistema intestinal, a fin de modificar las funciones cerebrales.

“Algunas de estas manipulaciones podrían efectuarse mediante probióticos, prebióticos o simbióticos — una combinación de probióticos y prebióticos. El término “psicobiótico” ha sido acuñado para describir la forma en que esas manipulaciones pueden afectar al cerebro”,  recalcan los autores del artículo. Los estudios sobre el uso de psicobióticos se han llevado a cabo en animales, para los cuales los procesos son algo más sencillos. Sin embargo, según Campbell y Enck, la transposición de estos hallazgos a los humanos ha resultado más complicada. Esto ha llevado a ciertos científicos a adoptar un enfoque diferente: el estudio de la composición de la microbiota de sujetos que padecen enfermedades vinculadas al cerebro.

“Si se pudiera tratar ciertos trastornos neurológicos o psiquiátricos con psicobióticos, esto implicaría la existencia de un vínculo de causalidad entre la microbiota y el trastorno”, explican los autores. Aún queda un largo camino por recorrer antes de que puedan emplearse los psicobióticos, “la próxima generación de probióticos”, para tratar estas enfermedades.

Seguiremos ofreciendo a nuestros lectores todas las publicaciones de Campbell y Enck en este ámbito y permitirles así conocer cada vez mejor esta extraordinaria conexión entre el cerebro y el intestino. Mientras tanto, ¡no olviden seguir conectad@s a Gut Microbiota for Health!

GMFH Editing Team