Nutrición, microbiota y salud intestinal: somos lo que comemos

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Si tomásemos un gramo de nuestras heces y lo analizásemos, descubriríamos que contiene más cantidad de bacterias que seres humanos pueblan el planeta. Por sorprendente que pueda parecer, lo cierto es que nos habitan más de 100 billones de microorganismos, que si pudiéramos reunir y colocar en una balanza sumarían alrededor de 2 kg. Habitan, sobre todo, en el colon, donde se alimentan de los restos de los productos que ingerimos (las fibras, por ejemplo). Se podría decir que les ofrecemos techo y comida. A cambio, se encargan de digerir algunos componentes no digeribles de nuestros alimentos que nosotros somos incapaces de digerir, como algunas fibras, porque carecemos de las herramientas para hacerlo. Entre las moléculas producidas, cabe destacar los ácidos grasos de cadena corta que aportan energía a las células del organismo y entrenan al sistema inmune. Estas bacterias producen incluso algunas vitaminas que necesitamos. Son, por tanto, esenciales para nuestra salud.

Se sabe que existe una estrecha relación entre la dieta que seguimos y cuán diversa, equilibrada y sana es nuestra comunidad bacteriana, lo que, a su vez, repercute en nuestra salud digestiva. Este fue, de hecho, uno de los temas principales que se abordaron durante la Cumbre Mundial de Microbiota Intestinal para la Salud celebrada en marzo en Barcelona. Una alimentación equilibrada fomenta la formación y la conservación de una microbiota bien estructurada, en la que las diversas especies de microorganismos cohabitan en un sistema de control y equilibrio.

Debido a sus efectos beneficiosos, los prebióticos y probióticos pueden ayudar a promover la salud de la microbiota intestinal. De ahí que los expertos recomienden incorporarlos de manera habitual a la dieta. Los prebióticos son componentes funcionales no digeribles de los alimentos (como algunos tipos de fibras) que estimulan la actividad y el crecimiento de ciertos grupos específicos de bacterias, como las bifidobacterias y las bacterias lácticas. Un buen ejemplo es la inulina, una sustancia contenida en endivias, cebollas, espárragos o alcachofas.

Según la definición dada en 2001 por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) junto con la Organización Mundial de la Salud (OMS), se trata de “microorganismos vivos que, administrados en las cantidades adecuadas, son beneficiosos para la salud del receptor”. Algunos han formado parte de las dietas tradicionales de distintas regiones del mundo, como los lácteos fermentados consumidos en numerosos países.

Algunos probióticos han demostrado tener un efecto muy positivo sobre la salud, sobre todo la intestinal como ayudar a reforzar las defensas del organismo mejorando los mecanismos inmunitarios; contribuir a regular la motilidad intestinal; y mejorar el equilibrio microbiano en los intestinos, promoviendo su estabilidad y diversidad.

Debido a los últimos descubrimientos científicos y para evitar la confusión sobre la utilización de este término, la Asociación Científica Internacional de Probióticos y Prebióticos (ISAPP) ha elaborado una serie de recomendaciones para el ámbito de aplicación y uso adecuado de la expresión “probiótico”. Durante la 4º Cumbre Mundial de Microbiota Intestinal para la Salud, se presentó un documento de consenso en el que, por ejemplo, se explicaba que no se consideran probióticos los microbios muertos y los productos microbianos, tales como los metabolitos y los componentes microbianos. Según el documento de consenso de ISAPP, presentado por su presidente, el profesor Colin Hill, “‘probiótico’ sólo debería utilizarse en aquellos productos que aporten microorganismos con un recuento viable de cepas bien definidas y con unas expectativas razonables de favorecer el bienestar del receptor”.

Durante este encuentro de expertos también se presentó una guía, publicada por la Sociedad Europea de Atención Primaria en Gastroenterología (European Society for Primary Care Gastroenterology – ESPCG), que proporciona información a los médicos de familia que quieran recomendar probióticos como terapéutica a sus pacientes. Sobre todo en casos de personas que padecen síndrome de intestino irritable (SII) y diarrea asociada a la toma de antibióticos. Esta guía contiene un listado de 32 probióticos específicos, de los que se explicita su función, para qué dolencia resultan más apropiados y qué dosis son recomendables. La guía se acompaña de una serie de estudios científicos y sus resultados.

Queda claro que la nutrición juega un rol primordial en el cuidado de nuestra microbiota intestinal. En este ámbito, los probióticos y los prebióticos seguirán seguramente siendo noticia y objeto de estudio. Y desde este blog, seguiremos informando al respecto.

GMFH Editing Team