¿Iremos algún día al supermercado a comprar probióticos de la “felicidad”? Entrevista a Premsyl Bercik

Quién no ha sentido un cosquilleo en el estómago al enamorarse, o retortijones antes de un acontecimiento importante, corrido en busca de un baño en situaciones de estrés o se ha vuelto insoportable por el hambre y ha recobrado su buen humor en cuanto ha probado su plato favorito. Día tras día somos el escenario de las relaciones entre nuestro de las relaciones y de las «conversaciones» entre nuestro cerebro y nuestro intestino.

Esta comunicación bidireccional fue descubierta hace decenios, cuando se acuñó el término «segundo cerebro» para referirse al intestino, al contener este más neuronas incluso que la médula espinal.

Estudios recientes en este fascinante campo han sacado a la luz que los cien billones de microorganismos alojados en nuestro cuerpo podrían determinar nuestro estado de ánimo e incluso nuestra salud mental. En efecto, parecen estar relacionados, por ejemplo, con la ansiedad y la depresión, y las últimas investigaciones apuntan a un vínculo entre una microbiota desequilibrada y las enfermedades asociadas al cerebro, como el Alzheimer, el Parkinson y la esclerosis múltiple.

«Asusta pensar que nuestro estado de ánimo depende de nuestro intestino, que este consorcio de bacterias, está, en cierto modo, controlando nuestro cerebro», comenta Premsyl Bercik, de la universidad McMaster de Canadá, uno de los investigadores pioneros en este ámbito de la neurogastroenterología. Precisamente, este científico estudia la conexión entre nuestros «dos cerebros» y cómo las perturbaciones de la microbiota intestinal pueden modular el comportamiento y quizás incluso las enfermedades relacionadas con el cerebro.

«Los experimentos sobre esta conexión entre el intestino y el cerebro son un tema candente en gastroenterología y neuropsiquiatría», explica Bercik, quien asistió a la Cumbre Mundial sobre Microbiota Intestinal para la Salud de París, en marzo de 2017.

Los experimentos que menciona Bercik han desvelado cómo se comunican el cerebro y el intestino. Uno de ellos consistía en introducir una bacteria patógena en el intestino de un modelo animal. Se observó entonces que el cerebro es capaz de detectar la presencia de estas bacterias anormales en pocas horas, incluso antes de que se desencadene una respuesta inmunitaria. Bercik también realizó experimentos que llegaban a esta misma conclusión. De hecho, sus experimentos fueron de los primeros en mostrar que cuando se alteraba la composición de la microbiota intestinal, esto tenía consecuencias en el comportamiento.

«En mi opinión, nuestro experimento más impactante fue en el que administramos a unos ratones una mezcla de antimicrobianos no absorbibles que cambiaron la composición de sus bacterias intestinales. Constatamos que se producía un cambio significativo en el comportamiento de los ratones», recuerda. «Los ratones con los que trabajamos en el laboratorio suelen ser tímidos y tranquilos. Pero de repente, después del tratamiento antibiótico, ¡”espabilaron” y empezaron a explorar su entorno!»

También comprobaron que después de una semana o dos, cuando la microbiota volvió a su estado habitual, el comportamiento de los ratones se normalizó.

Ya que las alteraciones de la microbiota pueden afectar al cerebro de los animales, ¿podríamos usar los microorganismos presentes en nuestro intestino para influir en nuestro propio comportamiento y en nuestro estado de ánimo? Según Bercik, en algunos pacientes de depresión y de ansiedad, se aprecia un perfil de microbiota diferente al de los individuos sanos. En otros experimentos, los científicos trasplantaron microbiota de estos pacientes a ratones desprovistos de gérmenes y observaron que estos reproducían algunas de la características del comportamiento de los pacientes humanos.

«Existe una posibilidad real de influir en el comportamiento de las personas, ya estén enfermas o sanas, simplemente alterando la composición de la microbiota intestinal o la actividad metabólica de las bacterias presentes en nuestro intestino», aclara Bercik.

Los probióticos podrían resultar útiles para modificar la microbiota intestinal. Los tratamientos con probióticos seleccionados podrían contribuir a regular una microbiota desequilibrada, y por tanto mejorar, por ejemplo, los síntomas de depresión. Bercik y sus colegas trabajan ahora en esta hipótesis. «Una vez que hayamos probado que estos probióticos tienen un efecto significativo en la salud mental, en cinco o diez años probablemente podamos poner a disposición del público estos tratamientos», explica. Así que no es descabellado pensar que dentro de unos diez años podamos «comprar en cualquier supermercado un probiótico de la “felicidad” -bacterias que nos harán sentir bien».

 

GMFH Editing Team