Entrevista con Stuart Turvey sobre el asma y la microbiota intestinal: El entrenamiento del sistema inmunitario a través las bacterias, vital durante los primeros 100 días de vida

Turvey

Cerca del 20% de los niños de los países occidentales padecen asma, la enfermedad crónica más común en niños. A escala mundial, y según datos de la Organización Mundial de la Salud, la cifra de asmáticos asciende a 235 millones. Esta enfermedad siempre se había vinculado a factores genéticos y ambientales como la contaminación atmosférica. Pero estudios recientes basados en modelos animales han demostrado que una microbiota intestinal alterada a edad temprana también podía influir en el desarrollo del asma más adelante. Lamentablemente, los científicos no saben aún si esto se puede extrapolar a los humanos.

Este blog ya se hizo eco en su día del estudio de 2015 publicado en Science Translational Medicine, en el que un equipo de investigadores y pediatras de la Universidad de Columbia Británica, en Canadá, demostraba por primera vez cómo, en humanos, las alteraciones en la microbiota intestinal durante los primeros tres meses de vida podían desembocar en asma. Los científicos emitieron la hipótesis de que la microbiota podía desempeñar un papel esencial en el aprendizaje del sistema inmunitario.

El pediatra Stuart Turvey es uno de los co-autores de este revelador estudio y uno de los expertos que asistió a la conferencia Bdebate de Barcelona dedicada al microbioma intestinal humano, que tuvo lugar en el museo de la ciencia Cosmocaixa los días 30 de junio y 1 de julio. Allí, los editores de Gut Microbiota for Health pudieron hablar con él acerca de los vínculos entre las enfermedades del sistema inmunitario, como el asma, y las alteraciones en la microbiota intestinal.

¿Cuál es la relación entre el asma y la microbiota intestinal?

Es una cuestión interesante y complicada, ya que el asma es una enfermedad que se da en los pulmones y la microbiota se encuentra en el intestino. El vínculo entre ambas parece consistir en los metabolitos producidos por las bacterias. Las bacterias digieren la comida y también liberan sustancias químicas que acaban en el flujo sanguíneo. Y sabemos que dichas sustancias son esenciales en el aprendizaje del sistema inmunitario. De hecho, sin esta ayuda bacteriana nuestro sistema de defensa está confuso y causa la inflamación de los pulmones y otros problemas inmunitarios.

Por lo tanto, las bacterias producen metabolitos y entrenan al sistema inmunitario ¿Piensa que los problemas empiezan cuando se perturba esta cadena de acontecimientos?  

Debemos mostrarnos cautos. Los mecanismos que hemos observado y de los que tenemos pruebas se llevan a cabo mediante los metabolitos. Pero las bacterias que habitan en nuestro organismo son también complicadas máquinas. Por tanto, además de producir metabolitos, posiblemente también entrenen el sistema inmunitario de ciertas maneras que no llegamos a entender. La importancia de nuestras investigaciones reside en que hemos revelado que cuando no se tienen las bacterias adecuadas a edad muy temprana, se acaban sufriendo problemas de salud como el asma.

¿Más concretamente, cuando se hace referencia a primeros momentos de vida, de qué plazo hablamos? ¿Meses, años?

Pensamos que se trata de un periodo de unos 100 días, es decir, los tres primeros meses de vida. Es en ese momento cuando las bacterias adecuadas son necesarias para entrenar el sistema inmunitario. Hemos observado que parece existir una relación entre el hecho de que esas bacterias no estén presentes durante el proceso de aprendizaje y el asma.

¿Cómo descubrieron este vínculo entre asma y bacterias microbianas?

En nuestro estudio, trabajamos con mujeres embarazadas. Tras el nacimiento de los bebés, tomamos diferentes muestras de heces. Observamos que cuando sus muestras recabadas a los tres meses contenían bajos niveles de cuatro bacterias específicas, posteriormente esos niños desarrollaban asma alrededor de los tres años (el estudio está aún en marcha, con lo cual continuamos supervisando a los niños para averiguar si sigue existiendo ese vínculo entre microbioma intestinal y asma, después de los tres años de edad). A continuación, experimentamos con roedores y demostramos que, si a estos se les proporcionaba esas cuatro bacterias de nuevo, se les protegía contra el asma.

¿De qué bacterias se trata?

Las hemos denominado FLVR, por sus largos nombres latinos: Faecalibacterium, Lachnospira, Veillonella y Rothia. Los bebés que acabaron padeciendo asma tenían bajos niveles de estas cuatro bacterias.

¿Podrían emplearse probióticos para restaurar los niveles de bacterias FLVR en los niños y prevenir así el asma, como en sus estudios con ratones?

Soy pediatra y mi objetivo es obviamente prevenir el asma antes de que aparezca. Y nuestra meta a largo plazo es la de determinar si se podrían suministrar de forma segura [versiones de las] bacterias FLVR a los bebés, algo semejante a los probióticos. Actualmente, los probióticos disponibles en los comercios contienen diferentes bacterias, pero no FLVR. Nuestra finalidad es diseñar y desarrollar una mezcla específica de bacterias para esos bebés, pero antes, deberemos asegurarnos de que es algo seguro.

¿Por qué ciertos niños presentan menos FLVR en su microbiota intestinal durante esos 100 primeros días?

Aún no conocemos la respuesta. Nuestro estudio no se planteó para averiguar por qué ciertos niños tienen más o menos FLVR. Nos limitamos a observar las diferencias entre ellos y lo que sucedía con su salud. En este momento, llevamos a cabo estudios con un mayor número de niños a fin de comprobar si las diferencias entre la dieta de las madres o el modo de nacimiento – por parto vaginal o cesárea – podría arrojar cierta luz sobre la cuestión.

¿Piensa usted que la ausencia de esas bacterias FLVR puede relacionarse con otros trastornos inmunitarios?

Podría darse el caso. En nuestro estudio, nos hemos centrado en un solo problema de salud: el asma. Sin embargo, en el marco del estudio canadiense CHILD, también hemos considerado otras afecciones en los niños, como la obesidad, por ejemplo. Intentamos comprobar si la microbiota intestinal podría ayudar a predecir qué niños se volverán obesos o padecerán otro tipo de problema de salud. Quizás existan otras enfermedades para las que otras bacterias son importantes. O quizás exista un pequeño conjunto de bacterias parecido que, de no estar presente, podría desembocar en problemas del sistema inmunitario como la celiaquía.

¿Qué puede decirnos acerca de los diferentes factores relacionados con una mayor prevalencia del asma en las sociedades occidentales, como la contaminación o la hipótesis de la higiene?

La contaminación atmosférica y el hecho de fumar en casa son claramente factores de riesgo para el asma. Pero la microbiota intestinal es asimismo uno de esos factores de riesgo ambientales potenciales vinculados al asma. ¿Tener un microbioma intestinal sano protege contra la contaminación o contra los efectos del tabaco? He aquí una pregunta crucial. Si obtuviéramos una respuesta a esta pregunta, quizás una intervención eficaz en la microbiota intestinal de los niños podría minimizar el impacto de otros factores.

¿Hay algo que las familias puedan hacer para mantener la microbiota intestinal de sus hijos lo más sana posible?

La lactancia materna tiene un papel protector y contribuye a atenuar otros problemas de salud. Por lo tanto, siempre que sea posible, animamos a las madres a dar el pecho a sus hijos. También se debería minimizar el uso de antibióticos, recurrir a ellos de forma responsable y adecuada. Y por supuesto, otra medida que las familias pueden tomar es simplemente dejar a los niños exponerse al mundo exterior. Encerrarlos en casa para evitar que entren en contacto con lo que les rodea no es una buena idea. El hecho de que salgan, vivan y exploren su entorno no debería incomodarnos.

Cristina Sáez
Cristina Sáez
Cristina Sáez es periodista freelance especializada en ciencia. Trabaja para diversos medios de comunicación, como el diario La Vanguardia, donde coordina la sección de ciencia Big Vang; y colabora con centros de investigación y sociedades científicas. Su trabajo periodístico ha sido reconocido, entre otros, con el Premio de Periodismo en Medicina Boerhinger Ingelheim 2015. El Twitter de Cristina @saez_cristina