La alimentación: un factor clave en la modulación del microbioma
La alimentación es uno de los factores más importantes que influyen en la microbiota intestinal. Sin embargo, investigar los hábitos alimentarios resulta especialmente complejo. Las personas suelen olvidar lo que comen, subestimar el tamaño de las porciones y las diferencias culturales, lingüísticas y de conocimientos dificultan aún más la evaluación de los hábitos alimentarios. Para superar estas limitaciones, el Dr. Lawrence David y su equipo han desarrollado un enfoque innovador basado en el análisis de heces. Dado que los alimentos dejan rastros de ácido desoxirribonucleico (ADN), la molécula que contiene la información genética necesaria para el desarrollo de un organismo, es posible identificar lo que han consumido las personas mediante el análisis de muestras fecales. A largo plazo, su objetivo es ampliar este enfoque a nivel poblacional mediante el análisis de aguas residuales, lo que podría aportar información sobre los hábitos alimentarios de comunidades enteras.
Los alimentos ultraprocesados (AUP) también han ocupado un lugar destacado en las discusiones. Aunque se recomienda ampliamente reducir su consumo, la base científica que sustenta estas recomendaciones todavía sigue en estudio. El Prof. Ciaran Forde ha mostrado que los alimentos ultraprocesados favorecen una ingesta excesiva no solo por su composición nutricional, sino también por sus propiedades físicas, que influyen en su textura y en la forma en que son percibidos por los consumidores. Estos alimentos suelen ser blandos, fáciles de masticar y muy apetecibles, lo que favorece una ingesta más rápida. Comer deprisa reduce la capacidad del organismo para regular el apetito, lo que se traduce en una mayor ingesta energética. Aunque estos resultados sugieren que modificar la textura de los alimentos podría ser una estrategia útil para reducir el exceso de ingesta, todavía se sabe poco sobre su impacto a largo plazo en la microbiota intestinal.
La fibra alimentaria representa otro elemento clave en las interacciones entre la alimentación y la microbiota intestinal. La Dra. Heather Armstrong ha demostrado que no todas las fibras son beneficiosas en todos los contextos. En personas con una microbiota alterada, las fibras fermentables pueden no procesarse adecuadamente. En lugar de fermentarse, pueden acumularse en el intestino y desencadenar procesos inflamatorios. Sus investigaciones han mostrado que ciertas fibras, en particular los fructanos presentes en el trigo, la cebolla, el ajo y los espárragos, pueden generar problemas cuando se consumen en cantidades elevadas, sobre todo mediante suplementos que aportan dosis muy superiores a las habituales en la dieta. En cambio, otras fibras, como la pectina, pueden atenuar estos efectos. La Dra. Armstrong también mostró que los efectos de fibras como los arabinoxilanos y los betaglucanos dependen de su concentración y de sus propiedades físicas. Esto pone de relieve la importancia de tener en cuenta tanto el tipo de fibra como la composición individual de la microbiota intestinal.
Otra de las principales líneas de investigación en este campo es el uso de datos a gran escala para predecir resultados de salud. El Dr. Eran Segal ha presentado un estudio basado en el seguimiento de 14 000 participantes, teniendo en cuenta factores como la alimentación, la actividad física, el sueño, distintos marcadores clínicos y la microbiota intestinal. Estos datos se utilizan para crear los llamados “gemelos digitales”, modelos computacionales capaces de predecir cómo responderá una persona a determinados alimentos, especialmente en relación con los niveles de glucosa en sangre. Estos modelos también pueden estimar resultados de salud a más largo plazo, como el riesgo metabólico y, potencialmente, la longevidad. Aunque son prometedores, todavía no integran plenamente los datos del microbioma, lo que representa un aspecto clave para futuros avances.
Nuevas conexiones entre alimentación, microbiota intestinal y salud
El Prof. Jens Walter ha presentado investigaciones sobre cómo restaurar la salud metabólica a través de la alimentación. Su equipo ha desarrollado una dieta no industrializada que ha mejorado los marcadores metabólicos en participantes sanos. Resulta interesante que, aunque los suplementos de fibra pueden modificar la microbiota intestinal, estos cambios no se traducen necesariamente en una mejora de la salud metabólica, a diferencia de lo observado con una dieta basada en alimentos no procesados. Su equipo también está trabajando en estrategias prácticas para aumentar la ingesta de fibra a través de alimentos de consumo habitual, como el pan, la pasta o los cereales, en lugar de depender únicamente de campañas de salud pública o de suplementos de fibra. El aumento de la ingesta de fibra mediante alimentos enriquecidos con fibra ha mostrado beneficios claros, entre ellos una reducción de la ingesta energética y una mejora del control glucémico. Estos efectos no se han observado con los suplementos dietéticos por sí solos, lo que pone de relieve la importancia de considerar la fibra dentro de la matriz alimentaria completa y no como un compuesto aislado. Otro aspecto relevante ha sido el papel del pH intestinal en los cambios de la microbiota intestinal: una alimentación rica en vegetales y en distintos tipos de fibra favorece la fermentación y la producción de ácidos grasos de cadena corta, disminuye el pH intestinal y puede generar un entorno favorable para los microorganismos beneficiosos, al tiempo que limita el crecimiento de patobiontes.
La investigación ya no se limita únicamente a las bacterias. El Dr. Francisco Asnicar ha destacado el papel del Blastocystis, un microorganismo eucariota unicelular presente en el intestino humano y durante mucho tiempo considerado perjudicial, mostrando que su presencia y diversidad podrían estar asociadas con una dieta rica en vegetales, un índice de masa corporal más bajo y un perfil cardiometabólico más favorable. Estos hallazgos muestran que el ecosistema intestinal no se limita a las bacterias y que la clasificación de los microorganismos como “buenos” o “malos” resulta simplista, aunque las relaciones causales aún deben esclarecerse.
En paralelo, el Dr. Nicola Segata y su equipo están trabajando en establecer vínculos entre determinadas bacterias intestinales y los patrones de alimentación. Utilizando grandes conjuntos de datos, pueden identificar asociaciones entre especies microbianas y el consumo de alimentos, e incluso diferenciar entre dietas omnívoras, vegetarianas y veganas únicamente a partir de la composición de la microbiota intestinal. También han demostrado que las enfermedades dejan huellas claras en el microbioma intestinal. Sin embargo, predecir resultados de salud basándose únicamente en datos de la microbiota intestinal sigue siendo un desafío, y aún se requieren más estudios antes de que estas aproximaciones puedan aplicarse en la práctica clínica. Una de las principales dificultades radica en que alimentos similares pueden tener efectos distintos según su origen y su entorno, lo que añade un nivel adicional de complejidad.
Tratamientos derivados del microbioma en fase clínica
Además de los enfoques dietéticos, las terapias dirigidas al microbioma están experimentando un rápido desarrollo. Los trasplantes de microbiota fecal (TMF) son uno de los ejemplos más representativos de este campo en expansión, y los investigadores están estudiando su potencial en distintas condiciones clínicas. El Dr. Max Nieuwdorp ha mostrado que los TMF pueden mejorar el control de la glucosa en sangre en pacientes con síndrome metabólico, aunque no producen pérdida de peso y su eficacia varía entre individuos. La respuesta parece depender tanto de la fisiología del receptor como de las características del material fecal trasplantado, incluida su frescura.
El Dr. Nicolas Benech ha proporcionado nuevos elementos para comprender los mecanismos que explican la eficacia de los TMF en el tratamiento de la infección por Clostridioides difficile, una infección nosocomial caracterizada por diarrea recurrente. Los ácidos biliares primarios, producidos por el organismo y liberados durante la digestión de las grasas, pueden desencadenar una infección. Por el contrario, los ácidos biliares secundarios, producidos por la microbiota intestinal, inhiben esta activación. Esto explica por qué una microbiota intestinal alterada aumenta el riesgo de infección y de recurrencia por Clostridioides difficile. Si bien los TMF logran curar cerca del 90 % de las infecciones por Clostridioides difficile, su implementación sigue siendo compleja desde el punto de vista logístico y aún no existen protocolos estandarizados, en aspectos como el uso previo de antibióticos, la vía de administración o la forma del trasplante. Por esta razón, el equipo está desarrollando terapias microbianas dirigidas, que incluyen cepas específicas y consorcios bacterianos como Faecalibacterium prausnitzii, capaces de reproducir los beneficios de los TMF de forma más controlada y escalable. El Dr. Purna Kashyap ha investigado el papel de los metabolitos de la microbiota intestinal en el síndrome del intestino irritable (SII).
Su equipo ha realizado un seguimiento de pacientes durante varios meses y los ha clasificado según sus síntomas clínicos, sus características fisiológicas y la composición de su microbiota intestinal. Este enfoque ha permitido identificar una molécula presente en el intestino, la hipoxantina, cuyos niveles eran sistemáticamente reducidos en pacientes con SII. El equilibrio entre la hipoxantina, el butirato, la triptamina (derivada de los aminoácidos y implicada en la motilidad intestinal) y los ácidos biliares primarios (producidos por el hígado para digerir las grasas y relacionados con la velocidad del tránsito intestinal) parece influir en la aparición de diarrea o estreñimiento en pacientes con SII. Paralelamente, ha tratado la cuestión del sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO). Ha destacado que las herramientas diagnósticas actuales, en particular las pruebas de aliento, son insuficientes y deben combinarse con signos clínicos como la desnutrición. Su equipo ha identificado una mayor presencia de la bacteria Escherichia hormaechei en el intestino delgado de pacientes que también presentaban una mayor sensibilidad visceral.
Los TMF también se están investigando en las enfermedades inflamatorias intestinales (EII), aunque su uso sigue siendo complejo. En este contexto, los TMF no se contemplan como un tratamiento curativo, sino como una posible herramienta para ayudar a controlar los síntomas. El Dr. Simon Mark Dahl Baunwall ha destacado la falta de protocolos estandarizados, incluidos aspectos como los métodos de administración, las dosis, la selección de donantes y las condiciones de preparación. Por ello, los ensayos clínicos actuales resultan difíciles de comparar y las conclusiones siguen siendo inciertas.
El microbioma como herramienta en las terapias contra el cáncer
Un área de investigación importante y en rápida evolución es la interacción entre la microbiota intestinal y los tratamientos contra el cáncer, en particular la inmunoterapia. Los trabajos presentados por el Dr. Gianluca Ianiro, la Dra. Lisa Derosa y el Dr. Miguel Zugman han puesto de manifiesto tanto los avances científicos en este campo como la importancia de fomentar colaboraciones a gran escala entre equipos de investigación. Al combinar cohortes clínicas, datos biológicos y análisis computacionales a través de distintas instituciones, estos grupos impulsan los descubrimientos a un ritmo mucho mayor que el que permitirían enfoques aislados.
Algunos tratamientos contra el cáncer, como los inhibidores de puntos de control inmunitario, tienen como objetivo reactivar el sistema inmunitario para que pueda reconocer y destruir las células cancerosas. Sin embargo, estas terapias no son eficaces en todos los pacientes. Una de las preguntas clave que abordan estos equipos es por qué algunos pacientes responden al tratamiento mientras que otros no. Han observado que los pacientes que habían recibido antibióticos respondían peor a la inmunoterapia, lo que sugiere que la alteración de la microbiota reduce la eficacia del tratamiento. En este contexto, han evaluado si modificar la microbiota podría mejorar los resultados. En pacientes con melanoma, los TMF han mejorado la respuesta a la inmunoterapia, lo que se ha traducido en una mayor supervivencia.
Para comprender mejor estos efectos, los equipos han analizado grandes cohortes de pacientes e identificado firmas microbianas específicas asociadas con la respuesta al tratamiento y el riesgo de enfermedad. Una bacteria, Akkermansia muciniphila, ha sido identificada como un marcador relevante asociado a un desequilibrio de la microbiota en pacientes con cáncer. A partir de estos datos, los investigadores han desarrollado una herramienta predictiva, denominada TOPOscore, que permite estimar tanto la probabilidad de desarrollar cáncer como la de responder al tratamiento en función de la composición de la microbiota. Un hallazgo importante es que el uso de antibióticos reduce significativamente este índice TOPOscore, lo que refuerza la idea de que preservar la microbiota intestinal podría ser clave para optimizar los tratamientos contra el cáncer.
Conclusiones
Las investigaciones presentadas en la cumbre señalan una dirección clara para este campo. Existe un interés creciente por comprender la complejidad de la alimentación, especialmente el papel de la fibra y de la estructura de los alimentos, así como por avanzar hacia enfoques personalizados basados en grandes volúmenes de datos y modelos computacionales. A lo largo de las distintas sesiones, ha surgido un mensaje compartido: los patrones alimentarios en su conjunto suelen ser más importantes que los nutrientes o suplementos aislados, y las estrategias dirigidas al microbioma probablemente sean más eficaces cuando tienen en cuenta el contexto biológico individual, dentro de un enfoque personalizado. Al mismo tiempo, las estrategias terapéuticas dirigidas al microbioma están evolucionando, pasando de intervenciones generales (como los TMF) a enfoques más precisos y controlados (basados, por ejemplo, en bacterias aisladas como Faecalibacterium prausnitzii). Estos avances nos acercan a la integración de la microbiota intestinal en la práctica clínica habitual, especialmente en pacientes que no responden a los tratamientos convencionales.