Los nutricionistas son sin duda los profesionales de salud más adecuados para responder a la pregunta: ¿qué comer para estar más sano? Y sin embargo, cuando un paciente hace esta misma pregunta en la consulta de su nutricionista, a este último se le plantea un dilema: sabe que no todo el mundo reacciona igual a la misma dieta. En opinión de la Dra Genelle Healey del Departamento de pediatría de la Universidad de Columbia Británica, en el futuro los nutricionistas estarán mejor preparados para ofrecer recomendaciones nutricionales personalizadas, y todo ello, probablemente gracias a todos los hallazgos acerca de la microbiota intestinal.

Cada día salen a la luz nuevos estudios científicos que demuestran que la alimentación puede afectar a la salud por medio de la microbiota intestinal. Sin embargo, durante sus experimentos Healey se percató de que cuando sometía a la misma dieta o administraba el mismo alimento a diferentes sujetos, el efecto en la microbiota intestinal no era necesariamente el mismo para todos. Un estudio danés reciente, por ejemplo, ha revelado que una alimentación rica en cereales integrales (en lugar de refinados) tenía efectos positivos en el peso corporal y el nivel de inflamación de los individuos, pero no afectaba a la microbiota intestinal de forma previsible en todas las personas.

«La mayoría de los estudios actuales se limitan a agrupar a los participantes y a analizar sus datos», ha explicado Healey en una entrevista concedida a los editores de Gut Microbiota for Health. «Sin embargo, cada vez resulta más evidente que los efectos sobre la microbiota intestinal de algunos alimentos y hábitos alimentarios difieren entre individuos». En definitiva, el mismo alimento podría alterar la microbiota intestinal de diferentes individuos de manera diferente. Esto explica que los científicos no consigan establecer un patrón claro cuando estudian grupos de personas numerosos.

Healey, que se ha propuesto encontrar una salida a este problema, sostiene en un artículo de revisión escrito con otros autores que las recomendaciones nutricionales personalizadas serían más fáciles de elaborar si los científicos tuvieran en cuenta dos elementos referentes a los participantes en sus estudios: (1) sus hábitos alimentarios y (2) la composición de su microbiota intestinal o su función previos al estudio. Basándose en estos datos, se podría agrupar a los sujetos en categorías según las diferentes reacciones previsibles a un alimento. Podría ser el inicio de una nueva era en la práctica de la dietética, en la que se clasificaría a los individuos en grupos en función de determinadas reacciones a intervenciones nutricionales concretas.

Para apoyar sus afirmaciones, Healey da el ejemplo de dos individuos imaginarios que querrían conseguir un «perfil más favorable» para su microbioma. EL sujeto A consume muy poca fibra y como consecuencia, su microbiota intestinal empobrecida podría carecer de ciertas especies bacterianas primordiales. El sujeto B, por su parte, consume habitualmente alimentos ricos en fibra y tiene una microbiota intestinal rica y diversificada. Si los dos individuos ingirieran un prebiótico, la microbiota intestinal de la persona B podría sufrir cambios más drásticos, ya que las bacterias que contiene disponen ya de enzimas capaces de utilizar los prebióticos para producir ácidos grasos de cadena corta beneficiosos, lo que sin duda conllevaría más ventajas para la salud general. En definitiva, en este caso se cumple la máxima de que «el rico se hace más rico». (Al final, habría que encontrar otro enfoque para el sujeto A).

Esto es precisamente lo que Healey y sus colegas han descubierto durante un experimento recién publicado, para el que han estudiado las reacciones de la microbiota intestinal de diversos individuos a la administración diaria de un prebiótico. Tras la ingesta de este prebiótico (un fructano de tipo inulina), los sujetos que habitualmente consumían alimentos ricos en fibra presentaban una modulación más acentuada de la composición de su microbiota intestinal que aquellos cuya alimentación cotidiana era pobre en fibra.

«Esto implica que los aspectos como la composición inicial de la microbiota intestinal, pero también su dieta habitual, podrían influir profundamente en la reactividad de los microbios intestinales así como en la salud del huésped», explica Healey. En su opinión, si las investigaciones continuaran en esta dirección, las recomendaciones nutricionales de los nutricionistas serían más acertadas.

«Por ahora, los nutricionistas personalizan las recomendaciones nutricionales de sus pacientes basándose en sus preferencias alimentarias o en algunos marcadores sanguíneos como la glucemia, por ejemplo. Estoy convencida de que en el futuro, el hecho de tener en cuenta los datos relativos a la microbiota intestinal y a la alimentación habitual del individuo podría desembocar en dietas individualizadas más eficaces».

 

 

 

Referencias:

Healey G, Murphy R, Brough L, Butts CA, Coad J. Interindividual variability in gut microbiota and host response to dietary interventions. Nutr Rev. 2017 ; 75(12) : 1059-80. doi : 10.1093/nutrit/nux062.

Healey G, Murphy R, Butts C, Brough L, Whelan K, Coad J. Habitual dietary fibre intake influences gut microbiota response to an inulin-type fructan prebiotic: a randomised, double-blind, placebo-controlled, cross-over, human intervention study. British Journal of Nutrition. 2018 ; 119 (2) : 176-189. doi : 10.1017/S0007114517003440.

Kristina Campbell
Kristina Campbell
La escritora científica Kristina Campbell (M.Sc), residente en la Columbia Británica, en Canadá, es especializada en comunicación sobre microbiota intestinal, salud digestiva y nutrición. Autora del existoso libro Well-Fed Microbiome Cookbook, ha publicado sus artículos como freelance en revistas del mundo entero. Kristina se unió al equipo de edición de Gut Microbiota for Health en 2014. Pueden seguir a Kristina en: GoogleTwitter